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La
etapa final
La
revista del Alzheimer’s Disease Educational & Referral
Center, que publica el National Institute on Aging
del Departamento de Salud y Servicios Humanos del
Gobierno de los EE. UU.
(Connections
2003; 11 (1 y 2): 1-5)
dedica un amplio reportaje sobre las fases finales
de la enfermedad, los enfermos que se ven abocados
a esta situación y los familiares que, más
asustados que resignados, afrontan estos momentos
de máximo dramatismo y superlativa tragedia
humana.
Aunque el Alzheimer no causa directamente la muerte,
en su fase final origina una seria pérdida
de defensas de los mecanismos de defensa del organismo
de manera que las infecciones catastróficas
anidan con facilidad en los pacientes lo mismo que
otras causas de muerte por flaqueza o debilidad vital.
Llega un momento en que la demencia es tan avanzada
que el espíritu para vivir termina por sucumbir.
Los familiares y cuidadores de las personas con Alzheimer
en este período final del proceso han de afrontar
muchísimos y graves problemas que otra vez
ponen a prueba su moral y su ánimo después
de los muchos años de creciente sufrimiento
que han experimentado al ir asistiendo atónitos
y aterrados al desmoronamiento mental y físico
de sus seres queridos. Parece que entonces, perdidas
todas las batallas tras el inmenso cariño
demostrado y los exquisitos cuidados prestados de
manera infatigable, gastadas miles de horas al lado
del enfermo por amor y entrega generosa, viviendo
días que son noches del alma y noches que
se convierten en amargura del espíritu, “no
hay nada que hacer y que nadie puede ayudar.” Pues
no es así desde mi punto de vista. En esos
momentos finales, que habitualmente duran meses o
años, hay mucho que hacer, mucho que no
hacer y tanto los médicos
como otros profesionales sanitarios podemos aliviar
y ayudar muchísimo
en este trance.
La
diferencia entre el enfermo con cáncer
terminal y el paciente con Alzheimer final
Stephen G. Post, profesor de bioética y autor
de un libro que ya ha alcanzado su segunda edición
(The moral challenge of Alzheimer disease. Ethical
issues from diagnosis to dying. Second edition.
Johns Hopkins, Baltimore 2000) hace notar que gran
parte
del pensamiento y del comportamiento médico
respecto a la muerte y el moribundo gira en torno
al modelo del enfermo con cáncer terminal,
el paciente que se va a morir por tal causa en los
seis meses siguientes. El Alzheimer es otra condición
bien distinta, bastante más difícil,
notablemente compleja y tremendamente complicada.
El enfermo con Alzheimer que llega a la etapa final
de su vida es una persona sin dolores que es incapaz
de cualquier tipo de comunicación con los
demás lo que hace inútil todo esfuerzo
de trasmitirle emociones en el sentido estricto de
la palabra; que no reconoce ni visual o ni auditivamente
a sus familiares; que es incapaz de moverse o andar
sin ayuda; que no tiene control de sus esfínteres
vesical y anal; que no tiene apetito alguno para
comer; que no traga; y que se muere debido a neumonía
que surge al aspirar alimentos en sus bronquios o
a causa de infecciones urinarias o de otro tipo o
por parada cardíaca por enfermedad coronaria.
Por término medio, según Post, esta
fase final de la enfermedad se prolonga uno o dos
años aunque en un 20-30% el paciente puede
sobrevivir en tal situación entre cuatro y
diez años.
La
condición de enfermo de Alzheimer
desahuciado
Hace más de veinticinco años que reflexioné por
escrito sobre la muerte de mis pacientes (J. M. Martínez
Lage. El médico, la enfermera y el enfermo
ante la muerte. En Formación de la enfermera:
perspectivas de una profesión.
Varios autores. Eunsa, Pamplona 1975, pp. 165-173).
Afirmaba entonces
que “un enfermo es desahuciado cuando desaparece
toda esperanza de curación.” Bastante
más tarde aseguré ante un importante
auditorio (Jornadas de Reflexión de la Organización
Médica Colegial. La Medicina y el final
de la vida. CALIDAD DE MUERTE. Pamplona, 15 de mayo
de 1998. Declaración de Pamplona de la Organización
Médica Colegial) que “la calidad de
muerte es tan importante como la calidad de vida.
Si difícil es medir y entender la primera,
más difícil e inédita resulta
conceptualizar, investigar y estimar la segunda.” La
condición de enfermo desahuciado conduce a
plantearse seriamente, con rigor médico, base
moral y sustento ético si la acción
terapéutica en curso o que se va a emprender
es capaz de producir algún resultado efectivo
o ya resulta fútil, sin provecho alguno para
el enfermo. Citando a Mario Iceta (Futilidad
y toma de decisiones en Medicina Paliativa.
Publicaciones Obra Social y Cultural Cajasur, Córdoba 1997,
p. 1991) repetía que “acto médico
fútil es aquél cuya aplicación
está desaconsejada en un caso concreto porque
no es clínicamente eficaz (estadísticamente
comprobado), no mejora el pronóstico, síntomas
o enfermedades intercurrentes o porque produciría
previsiblemente efectos perjudiciales razonablemente
desproporcionados al beneficio esperado para el paciente
o sus condiciones familiares, económicas o
sociales.”
El enfermo de Alzheimer en su fase final, caracterizada
por los síntomas y momento evolutivo que he
descrito anteriormente, es un enfermo desahuciado
en el que todo acto médico dirigido a su recuperación
resulta fútil. Hay que asumir que “el
no comer y no beber es normal y que forma parte del
proceso de morir de estos pacientes” en razón
de la enfermedad que sufren. El cuerpo ni necesita
ni quiere entonces alimentos o líquidos. La
no alimentación trae consigo la liberación
de endorfinas que son los paliativos naturales del
dolor. Una alimentación artificial en estos
casos reduce tal producción de opiodes y puede
conducir a semanas y semanas de sufrimiento. Como
tal manera de nutrición exige impedir que
el enfermo se mueva o esté libre, con riesgo
de que se quite la sonda, tal inmovilización
impuesta facilita la aparición de úlceras
de decúbito e infecciones de la piel.
La
dificultad de la familia para entender la futilidad
de los actos médicos y para aceptar
los cuidados paliativos
Ni los médicos ni las o los enfermeros ni
cualquier otro trabajador sanitario ni los trabajadores
sociales estamos ungidos para convencer a un familiar
de enfermo de Alzheimer en fase final que le ha cuidado
primorosamente durante años, que le ha entregado
quizá el mejor tiempo de su vida adulta y
que tal denodado menester se ha convertido a lo peor
en su razón de vivir, de que ha llegado el
momento de pasar a prestarle solamente cuidados paliativos
que, no lo olvidemos, pueden prolongarse durante
años.
Los cuidados paliativos son tratamientos activos,
basados en conocimientos sólidos y experiencia
bien probada, que alivian síntomas y signos
físicos y psíquicos de los enfermos
ya desahuciados y que deben traer ayuda espiritual,
psicológica y social a los familiares. Por
definición, estos cuidados excluyen la resucitación
en caso de parada cardíaca, la respiración
artificial en caso de asfixia, las infusiones intravenosas
en caso de deshidratación, la diálisis
en caso de fallo renal, la administración
de antibióticos en caso de infección,
la alimentación artificial (sonda nasogástrica
o gastrostomía) en caso de no deglución
o rechazo del alimento, etc. Y por definición
también, incluyen la administración
de sedantes que alivien la agitación o la
disnea, analgésicos potentes que calmen todo
conato de dolor y antitérmicos que hagan desaparecer
la fiebre. “La muerte no ha de ser [causada,
pero tampoco] absurdamente retrasada (Conferencia
Episcopal Española. Comisión Permanente. La eutanasia es inmoral y antisocial. Ecclesia
1998; 2883: 339-342).
Dicho todo lo cual, soy el primero en reconocer todo
el derecho de un familiar cuidador de un enfermo
de Alzheimer en fase final para requerir todo tipo
de cuidados para su deudo por mucho que el médico
razone la conveniencia de pasar a los cuidados paliativos.
La mejor solución para estas dolorosas situaciones
es el diálogo entre el médico y la
familia, franco, sincero, amoroso, iniciado mucho
antes de que esta etapa final llegue. El ingreso
en una residencia en tan doloroso momento es altamente
recomendable y servirá de gran ayuda a la
familia por la pericia del personal sanitario que
en ellas trabaja, el cuidado físico del enfermo
y el consejo atinado que se puede recibir. El objetivo
en el tratamiento de estos enfermos en tal momento
evolutivo es maximizar su confortabilidad, dignidad
y respeto. Los miembros de la familia “no deben
sentirse culpables al tomar estas decisiones de permitir
que su ser querido muera de manera natural.”
“Nuestra moderna cultura tiende a tratar al moribundo
de manera no natural,” dice la trabajadora
social Darby Morhartd. Nuestra tecnología
permite retrasar la muerte pero no impedirla. Las
familias han de ser informadas a tiempo y cumplidamente,
con compasión, sensibilidad y paciencia, sobre
el proceso de morir, que puede durar semanas o meses,
y lo inevitable que realmente es.
Percibir la fase final
A diferencia de lo que pasa con el cáncer
donde la muerte es bastante previsible para el enfermo,
su familia y el médico, en el Alzheimer final
es difícil predecir con exactitud la fecha
en que el paciente va a expirar. El enfermo de Alzheimer
entra en agonía cuando se queda mudo por completo,
dependiente total de otra persona en todos los aspectos
de la vida cotidiana y cuando aparecen las complicaciones
del fallo cerebral como son episodios de aspiración
traqueal de alimentos con la consiguiente neumonía,
infecciones urinarias, llagas y úlceras cutáneas
diversas y pérdida de más de un 10%
del peso corporal.
Atención
a la familia
El equipo sanitario que atiende al enfermo debe procurar
por todos los medios consensuar con su familia el
nivel y la naturaleza de los cuidados que se van
a prestar mucho antes de que llegue la fase final.
Y debe atenerse a sus decisiones sin imponer las
propias. Hay que hacer todo tipo de previsiones y
no dejar nada para el momento en que se inicia el
duelo. Surgen con frecuencia conflictos con las familias
respecto a aplicar o no tratamientos fútiles
o “heroicos” para prolongar la vida,
casi siempre por no haber hablado con claridad previamente.
No es infrecuente que el familiar menos implicado
en el cuidado del enfermo tome la voz cantante y
disonante en los momentos finales para exigir “todo
tipo de cuidado médico” por mucho que
el médico esté en contra de ello. Tal
conducta suele encubrir frustraciones o culpabilidades
subconscientes.
Un buen y continuado diálogo con el médico
evita a las familias sentirse culpables durante toda
la vida sobre si la calidad de los cuidados fue o
no la debida. Y no hay que olvidar el cuidado médico
pastoral. Los sacerdotes con su sola presencia y
conversación con el enfermo, con la administración
de sacramentos, pueden llevar consuelo emocional
a estos enfermos y motivar simbolismos muy reconfortantes.
A los familiares hay que explicarles que sus sentimientos
de todo tipo, rabia, tristeza, culpa, alivio, conflicto
y miedo, son normales ante su deudo moribundo. Hacerles
reflexionar que desde el momento en que el enfermo
comenzó a olvidar lo que había olvidado,
dejó de ser consciente y responsable de su
conducta de manera que ellos, los familiares, con
su memoria normal no pueden juzgar al enfermo con
el patrón habitual y han de saber perdonarle
todo tipo agresión física o verbal,
rechazo, malas caras, insultos, negaciones, etc.,
etc.
La muerte debería ser “curativa” para
los familiares que siguen en este mundo. Un gesto
que les puede ayudar en este sentido es hacer la
generosa donación del cerebro del fallecido
para contribuir solidariamente al progreso científico
y a la conquista de esta horrible enfermedad.
Leía (El Mundo, 6 de diciembre de
2003, pag. 26) que Ronald Reagan, el ex presidente
norteamericano
que tiene ahora 92 años y que sufre Alzheimer
desde hace unos diez años, ya es incapaz de
levantarse de la cama, permanece casi todo el tiempo
dormido y ha perdido la capacidad para hablar y andar,
según ha revelado su propia hija Patti Davis
en un artículo publicado en la revista People.
Ciertamente que este hombre está ya en la
etapa final de su proceso. Quiera Dios que su médico
y su familia se comporten con la ética que
aquí; he tratado de exponer.
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